Testigo presencial del alcance misionero

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Cuando inicié mi bachillerato, en el colegio scalabriniano en Cúcuta, tenía 11 años. A los 18 me gradué y desde los 24 trabajo como profesional. En este ambiente he atravesado por grandes procesos formativos, llegué siendo un niño, me convertí en adulto en el colegio, me fui a la universidad y he vuelto como profesional. Eso quiere decir que mi vida está ligada totalmente a los scalabrinianos.

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Desde chico he desarrollado una habilidad para conversar y exponer mis ideas convenciendo a otros de apoyarme. En la universidad eso me ayudó a librarme de compromisos académicos y formar equipos de trabajo que muchas veces me salvaron de malas calificaciones. Al graduarme tuve que direccionar mis conocimientos hacia objetivos más productivos; en grupo deberíamos crear un material audiovisual. Yo me encargué de la producción. Con un portafolio en las manos y las ideas claras en la cabeza visité a un sinfín de comerciantes para buscar apoyo: alimentos y dinero sobraron y permitieron desarrollar la propuesta. El P. Francesco Bortignon (a quien le debo toda mi admiración y agradecimiento), le gustó ver cómo podía literalmente vender una idea, me propuso junto a Mirco Camilletti (quien siempre confió en mí), hacer parte de la misión Cúcuta. Inicié participando a las reuniones, tomando apuntes y de a poco gané confianza (a propósito, recuerdo que el Padre Francesco solía llamarme Garibaldi. Él dice que era un halago, sin embargo, creo que me insultaba con cariño. ¡Hasta hoy no lo sé!).

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Mi labor en la misión puede resumirse en acciones propias de las relaciones públicas: debo mantener los contactos con viejos aliados y buscar apoyo ante nuevas propuestas para de esta forma impactar positivamente en la comunidad. Desde el año pasado manejo el portal web y las plataformas digitales que la apoyan (aunque es un proceso en construcción). Website: scalabrinicucuta.org,  Facebook: Misioneros scalabrinianos Cúcuta y Instagram: cucutascalabriniA la par ejerzo como docente universitario en una institución local hace 5 años. Esta experiencia me ha permitido potenciar mis habilidades y crear nuevos contactos.

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Para mí, lo más difícil al principio fue ver esa disparidad entre los recursos de las personas: niños que padecen el hambre, la violencia, el trabajo a temprana edad, familias disfuncionales, entre otras cosas. La impotencia y la rabia me invadían. Con el tiempo he entendido que, si bien no podía solucionar todo, desde mi labor podía aportar en algo. Además ¿de qué me quejaba? Al llegar a casa lo tenía todo, por el contrario, el ser que más admiro, después de mis padres, daba todo diariamente y sacrificaba al mismo tiempo su propia tranquilidad, el p. Francesco, el primero en llegar y el último en irse, tantas navidades, cumpleaños, y demás fechas especiales lejos de los suyos sin quejarse.

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Nunca nos conformamos con lo que tenemos y, quienes han tenido tanto apoyo como yo, no valoramos esa fortuna muy seguido. A veces cuando veo a mis compañeros de universidad quienes se fueron a otros sitios y campos laborales, conocen otras ciudades, otras organizaciones, el haberme quedado acá genera frustración. Sin embargo, la dualidad es permanente y cambiante en el ser humano, lo digo porque la satisfacción de apoyar a la gente que conozco desde hace tantos años llena el espíritu y brinda una tranquilidad que tal vez no podría haber hallado en otro sitio; compartir esta experiencia debe servir no como ejemplo, más bien soy un testigo afortunado del trabajo de los misioneros scalabrinianos en Cúcuta; testigo porque doy fe del incansable esfuerzo de los sacerdotes, voluntarios y comunidad por mejorar a diario, y afortunado porque acá he podido hallar uno de mis mayores tesoros, mis amigos, grandes amigos de infancia y por supuesto tantos italianos que dejaron huella y me mostraron el gusto por un café espresso con grappa y una buena salsa para las pastas (con las que puedes causar el mayor insulto a un italiano si después de horas de preparación les agregas kétchup).

di Franklin Diaz

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